Tiene características muy propias de La Roldana, como la torsión del cuello hacia un lado, la cara inclinada asimismo lateralmente y hacia abajo, como podemos ver también en el ángel pasionario (1.683-84) que porta el martillo en el paso de Cristo de la Hermandad de la Exaltación, con sede en la iglesia de Santa Catalina, en Sevilla, aunque este ángel gira e inclina la cabeza hacia el lado contrario.

        La barbilla y mejillas son redondas con pliegue cutáneo debajo de la barbilla ("papada") con cierto resalte pero suavemente; los ojos algo abultados por los bordes de los párpados, en particular el párpado inferior, aunque la característica de una cierta orientalidad, que presentan algunas de sus Vírgenes de gloria no se aprecia en la imagen de la Soledad, la cual tiene los ojos más almendrados y entreabiertos por estar llorando como corresponde a una Dolorosa. En cambio, el corte de la cara es el mismo que podemos ver en los Santos Patronos de Cádiz, San Servando y San Germán (1.687), obras seguras de La Roldana, que presentan a partir de la zona de los ojos hacia abajo una cara de mejillas carnosas, con pómulos abultados y algo salientes y una cierta depresión bajo ellos, potenciando las mejillas y barba, con un tipo de belleza muy barroco, que preludia perfectamente la estética del XVIII, y con una blandura de modelado y realismo propios de un imaginero, que además empezó a trabajar con el barro, y probablemente seguiría valiéndose de este material para hacer sus bocetos, que luego elevaría a obras definitivas en otros materiales como la madera.

        La Roldana, quedaría incluida así al final de una línea, que partiría, dentro de la escuela barroca sevillana, desde Montañés, con su arte sereno, por el camino del naturalismo, hacia Pedro Roldán, de arte religioso y realista, de donde su hija tomaría la base para su propio estilo con maduros conocimientos iconográficos y planteando sus esculturas como bellas escenografías de teatralidad propia ya del siglo XVIII, al que indudablemente se adelantó en su arte, y en el que murió.

        En la nariz de Nuestra Señora de la Soledad destaca el tabique nasal, y es ligeramente respingada en el vértice inferior para dejar ver las fosas nasales, tratamiento de estirpe ‘roldaniana’ que con seguridad aprendió Luisa de su padre, el gran escultor Pedro Roldán. Las cejas son finas, largas y arqueadas, la boca pequeña, con el triángulo central del labio superior muy marcado, y el pliegue nasolabial perfectamente dibujado, como podemos ver en las otras Vírgenes de La Roldana, como la del Convento de "Las Teresas" de Sevilla, obra segura de Luisa Ignacia del año 1.699.

        Un detalle peculiar de Nuestra Señora de la Soledad de Puerto Real son las manos, como decíamos colocadas separadas entre sí, a la usanza sevillana, algo crispadas y con los dedos separados también entre sí, como las que solía hacer La Roldana, y se ponían en Sevilla, para representar el momento en que la Virgen sostuvo en sus manos la corona de espinas y los clavos de Cristo, después de que Este fuera bajado de la Cruz tal como Juan de Cartagena decía en sus Homilías: que fue la Virgen María quien cerró los ojos a su Hijo y quien le quitó la corona de espinas cuando lo depositaron en sus brazos. Por tanto parece lógico que tras el entierro la conservase en sus manos.

        Son manos rellenas pero de dedos ágiles y largos; separa más de lo corriente el dedo índice del segundo (corazón) dedo de la mano. En vez de nudillos abultados, las manos presentan unos huecos, policromados en forma de manchas más oscuras que se diferencian del resto de la piel. Esta forma de separar los dedos de la mano la podemos observar en la citada "Virgen con el Niño" (1.699) de "Las Teresas" de Sevilla, en la Virgen de "Los desposorios místicos de Santa Catalina" (1.691-92) de la Sociedad Hispánica de Nueva York, y en la "Virgen de la Leche" (posterior a 1.692) de la Catedral de Santiago de Compostela, las tres, ‘obras seguras’ de Luisa Roldán.

        Se trata de manos finas y sencillas, de mujer inteligente y trabajadora, como las que, tal vez, tuvo la propia escultora. Si fuera cierto que Luisa tomaba como modelos a veces a sus familiares y conocidos o a ella misma, esas podrían ser las manos de la propia escultora, o las de alguna hermana o conocida, que respondiera al concepto que tuviera sobre las citadas manos la escultora.

        También podría habernos dejado en sus imágenes una verdadera galería de retratos de sus contemporáneos, inmortalizándolos para la posteridad, tal como cuenta la tradición que hizo con el San Miguel aplastando al diablo (1.692) del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, en el cual, dice la leyenda, que puso la cara de su marido al diablo, tal vez por ciertas desavenencias conyugales, y su propia cara, autorretratándose, al Arcángel San Miguel.

        Probablemente, para hacer la cara de la Virgen de la Soledad (1.688), de Puerto Real, tomó como modelo un rostro parecido al que la inspiró un año antes, en 1.687, para hacer la cara del San Servando de la Catedral de Cádiz. Tal vez sea el mismo rostro, pero con diferentes interpretaciones, ya que San Servando es un joven, y la Virgen es una mujer ensimismada en su llanto y su dolor.

        Esta característica de tomar modelos de personas existentes en su época, de carácter anecdótico, y que no se ha podido comprobar, deja paso a otra concepción más profunda que versaría sobre los conceptos de belleza que pudiera tener La Roldana, nacida en Sevilla, dentro de una sociedad barroca, y en la escuela de escultura hispalense, que tanta fama tuvo en el siglo XVII, y tan relevantes personalidades artísticas dio a la Historia del Arte.

        Luisa recogería las ideas, morfologías y criterios estéticos de sus antecesores y contemporáneos, principalmente en el taller de su padre, Pedro Roldán, a través de cuyas enseñanzas forjó su estilo propio, con una innegable ascendencia granadina, que le vino del primer aprendizaje del maestro Pedro en Granada y de su familia materna, los Mena, que indudablemente influirían en su arte, e incorporó luego sus propios ideales estéticos, dentro de la plástica sevillana, humanizando hasta el máximo a sus esculturas, según su propia inspiración, y como derivación de las ideas del Concilio de Trento, que quería poner la religión al alcance del pueblo, valiéndose del arte, especialmente de la escultura y pintura. Tal vez estos criterios pudieron difundirse entre los artistas de la Academia de Arte que estuvo ubicada en la antigua Casa Lonja, hoy Archivo de Indias, donde dieron clase el mismo Pedro Roldán, y tal vez el pintor Murillo, como profesores y presidente el último de ellos, y a la que quizás Luisa Roldán pudo asistir como alumna, y a ello deberse los dibujos impregnados de un fuerte academicismo de raiz murillesca encontrados en el documentos que certifica la autoría de La Roldana, hallado en la cabeza del Ecce-Homo (1.684) de la Catedral de Cádiz, cuando fue restaurado en el año 1.984.

        Respecto al Cristo del Santo Entierro o Nuestro Padre Jesús Yacente que posee la Cofradía de la Soledad de Puerto Real, al igual que la Virgen, se salvó de los incendios de 1.936, siendo fechado como de fines del siglo XVII, aunque fue repintado en el XVIII, y está atribuido a La Roldana o al menos a su escuela, pues lo consideran de "estética claramente roldanesca".

        Tiene los brazos articulados, sin duda para llevar a cabo la antigua ceremonia, que ha llegado hasta el siglo XX, del ‘Descendimiento de la Santa Cruz’, una vez muerto Cristo, que se realizaba hasta la década de los años treinta del mencionado siglo en la explanada que se habría ante el Convento de la Victoria, y de su traslado al sepulcro, durante la Semana Santa, llegado el Viernes Santo, en un ceremonial de raigambre católica, que ha tenido también lugar en la Semana Santa de otros pueblos y ciudades, como por ejemplo Sevilla, donde sabemos que existió en tiempos pasados, especialmente a fines del siglo XVI y principios del XVII, en la Cofradía del Santo Entierro, según las referencias bibliográficas de autores tan conocidos como el Abad Sánchez Gordillo y José Bermejo y Carballo.

        Volviendo al Cristo Yacente de la Cofradía de la Soledad de Puerto Real, podríamos decir que está realizado en madera policromada, incluido el sudario, que aparece tallado con el abigarramiento propio del Barroco, y que actualmente puede apreciarse, pues antes no se veía por estar el Cristo cubierto por una sábana.

        Presenta el Cristo Yacente que estudiamos, raya en medio de su cabeza, barba bífida y corta con canalito en el centro, que se une a la cabellera en los laterales, bigote unido a la barba igualmente, con un ensanchamiento en la mencionada unión, y tanto la boca entreabierta como los ojos recuerdan al Ecce-Homo (1.684) de la Catedral de Cádiz; a los Santos Patronos de Cádiz, San Servando y San Germán (1.687) de la misma Catedral, y al Jesús Nazareno (1.697-1.701), del Convento de religiosas franciscanas de Sisante (Cuenca), todas ‘obras seguras’ de Luisa Roldán, por lo cual puede relacionarse con ella o por lo menos con el taller Roldán a este Cristo Yacente de Puerto Real.

        Tal vez, se trató de un primer encargo a La Roldana o a su taller por parte del convento, y luego, antes de dejar Cádiz, Luisa pudo donar al mismo la Virgen de la Soledad, a cambio de los cultos antes mencionados, pues no querrían llevar a Madrid una imagen que podría deteriorarse en el viaje, en aquella época largo y peligroso. Así, quedaría haciendo compañía a la imagen de su Hijo Yacente, y estarían ambos mejor cuidados que en el viaje a la Corte, soportando los riesgos del mismo. Era natural que el matrimonio De los Arcos-Roldán no quisiese llevar mucho equipaje, aunque sí que llevaban muchas ilusiones, basadas en sus perspectivas de trabajo en la Corte, pensando que sin duda le reportaría una mejor situación económica, y un mayor prestigio personal.